El presidente Javier Milei no se quedó al margen de la polémica post-derrota de la Selección, ofreciendo su propia lectura: "Frente a la tristeza de no haber ganado, decidieron no hacer festejos". Una declaración que, si bien puede parecer un intento de empatía, abre el interrogante sobre la pertinencia de que el primer mandatario interprete los estados de ánimo de los deportistas, o si es una maniobra para desvincular al gobierno de cualquier responsabilidad en el "silencio" del regreso.

Esta intromisión presidencial en la esfera deportiva, más allá de la simpatía que pueda generar, refuerza la idea de una política que busca apropiarse de los éxitos y desmarcarse de los reveses, incluso en el ámbito futbolístico. ¿Es legítimo que el Ejecutivo emita juicios sobre las emociones de figuras públicas que no forman parte de su estructura de gobierno?

¿Contribuyen estas declaraciones a la unidad nacional en un momento de frustración o, por el contrario, exponen aún más las tensiones entre el poder político y el mundo del deporte?