La posibilidad de acceder a la vivienda propia se ha convertido en una utopía para gran parte de los argentinos, una realidad que un reciente ranking mundial no hace más que confirmar. El país se ubica en los últimos puestos de un estudio que mide la capacidad de compra de una vivienda, evidenciando cómo la alta inflación, los salarios deprimidos y la ausencia de crédito hipotecario accesible erosionan este pilar fundamental del bienestar social y económico.
Este problema estructural es una consecuencia directa de décadas de políticas económicas erráticas, intervencionismo estatal desmedido y una inflación crónica que pulveriza el poder adquisitivo. Mientras en otras naciones el acceso al crédito hipotecario a largo plazo es una herramienta común para la formación de patrimonio, en Argentina, la volatilidad y la falta de confianza han aniquilado esta posibilidad para la mayoría. El Estado, lejos de facilitar, a menudo complica el mercado inmobiliario con regulaciones que distorsionan los precios y desalientan la inversión.
Frente a este escenario desolador, la pregunta es: ¿Cuándo dejaremos de ser una de las naciones donde el techo propio es un lujo inalcanzable? ¿Se tomarán las medidas de fondo necesarias para devolverle a millones de argentinos la esperanza de construir un futuro con estabilidad, o seguiremos condenados a un mercado inmobiliario disfuncional y una sociedad empobrecida?