La historia del criminal que conmocionó a la sociedad argentina a comienzos de la década de 1990 culminó en medio del completo anonimato y el abandono social. Ricardo Barreda, el odontólogo condenado a prisión perpetua por el asesinato de su esposa, su suegra y sus dos hijas en la casona familiar, atravesó sus últimos días en un modesto geriátrico del partido bonaerense de José C. Paz, tras haber deambulado por hoteles de mala muerte en San Martín.

Lejos de los focos mediáticos que siguieron cada instancia judicial del horrendo crimen de La Plata, el ocaso del múltiple femicida estuvo signado por el deterioro físico, la pérdida de facultades cognitivas y la más absoluta falta de contención afectiva. Tras obtener la libertad condicional y quebrantar sus normas de conducta, la figura de Barreda se diluyó en la indiferencia general de un entorno que jamás perdonó la atrocidad de sus actos.

Testimonios de quienes atendieron al exprofesional en la residencia geriátrica dan cuenta de una persona taciturna, que evitaba profundizar sobre su pasado y manifestaba una marcada obsesión por mantener oculto su nombre real frente al resto de los residentes. La reconstrucción de sus años finales refleja la caída inexorable de un símbolo del horror de la historia de los casos policiales históricos del país.

El abordaje mediático y judicial de la figura de Barreda ha experimentado además una profunda transformación conceptual a lo largo del tiempo. Aquellas narrativas ambiguas del siglo pasado cedieron paso a una mirada rigurosa e inflexible sobre la violencia machista y las consecuencias indelebles de la violencia intrafamiliar.

💬 Punto de debate

El cierre biográfico de este personaje reabre el debate sobre la memoria colectiva y la justicia. ¿Sirve el recuerdo del luctuoso final de Barreda como un recordatorio permanente del rechazo social definitivo a la violencia contra las mujeres?