La estrategia oficial de utilizar el tipo de cambio oficial como freno principal para la inflación vuelve a estar en el centro de las críticas de los economistas. Si bien el ritmo de aumentos en las góndolas mostró desaceleración respecto a los picos históricos, utilizar el atraso del dólar como ancla de precios genera desarreglos acumulativos en la competitividad exterior. El fenómeno afecta no solo a los grandes complejos agropecuarios, sino fundamentalmente a las economías regionales y al sector industrial exportador.
Representantes de las economías provinciales advierten que la combinación de costos operativos dolarizados a valores internacionales y un tipo de cambio comercial administrado estrecha el margen de rentabilidad hasta niveles insostenibles. Fruticultura, vitivinicultura y producción pesquera señalan que el incremento continuo de tarifas y combustibles erosiona la capacidad para colocar bienes en mercados internacionales, amenazando puestos de trabajo clave en el interior del territorio nacional.
Analistas de diversas corrientes advierten sobre las secuelas históricas de este enfoque. Pisar la divisa para disimular la inercia del IPC es un recurso recurrente en la economía argentina que suele arrojar alivio inmediato en las estadísticas mensuales, pero deriva en tensiones de balanza de pagos cuando las reservas internacionales escasean y la demanda de dólares para importación se dispara desmedidamente.
En un análisis estricto, el Gobierno se encuentra ante un dilema de política económica crítico. Si acelera el ritmo de devaluación oficial para devolver competitividad a las economías provinciales, corre el riesgo de reactivar la inercia de precios al consumidor; si mantiene pisado el tipo de cambio, arriesga la liquidación de divisas indispensable para sostener el equilibrio monetario.
La estrategia antinflacionaria basada en la contención del dólar genera serias dudas en el sector productivo. ¿Se está repitiendo la historia de atrasar el tipo de cambio a costa del futuro exportador de la Argentina?