La salida de Gustavo Quinteros de Independiente tras la humillante derrota 4-0 ante Atlético Tucumán en la Copa Argentina es un síntoma de un problema más profundo en el fútbol argentino. Más allá del rendimiento deportivo, ¿hasta cuándo se seguirá gestionando al rojo como un apéndice de la política, con decisiones cortoplacistas y sin un plan serio a largo plazo? La improvisación parece ser la única constante.
El ciclo de Quinteros fue breve y estuvo marcado por la inestabilidad institucional que caracteriza a muchos clubes. La derrota contundente en un torneo clave expone la falta de una visión clara y la necesidad de una profesionalización urgente. Mientras tanto, los socios y los hinchas pagan los platos rotos de una dirigencia que no logra encauzar el rumbo.
¿Es la expulsión de un técnico la solución real, o solo la punta del iceberg de un modelo de gestión que necesita ser refundado desde sus bases, con transparencia y mérito?