La alegría colectiva por el partido de la Selección Argentina no pudo opacar la brutal realidad que viven miles de argentinos. Un jubilado de 76 años fue torturado y despojado de los ahorros de toda su vida mientras el país entero estaba con los ojos puestos en la pantalla. Este hecho desgarrador no es un caso aislado, sino el reflejo de una Argentina donde la inseguridad y la vulnerabilidad de los adultos mayores alcanzan niveles críticos, incluso en momentos de supuesta unidad nacional.

Este lamentable episodio pone de manifiesto una cruel contradicción: mientras los discursos oficiales se centran en el ánimo social y los logros deportivos, la política de seguridad parece fallar estrepitosamente en la protección de los ciudadanos más desvalidos. ¿Es que la distracción masiva del fútbol crea un "vacío de seguridad" que los delincuentes aprovechan impunemente? La ausencia de una respuesta estatal contundente y la impunidad reinante profundizan la sensación de desamparo.

¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo si la euforia de un partido puede servir de coartada para la crueldad, y qué se hace realmente para garantizar que tragedias como esta no se repitan, protegiendo a quienes más lo necesitan?