El histórico dirigente del peronismo porteño Alberto Iribarne falleció a la edad de 75 años, generando pesar en diversos sectores del arco político nacional. Con una extensa trayectoria en la gestión pública, Iribarne ocupó el Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos durante el mandato de Néstor Kirchner entre 2005 y 2007, momento en que se impulsaron reformas claves en el sistema de enjuiciamiento y el fortalecimiento institucional de los organismos de derechos humanos.
Abogado de profesión y egresado de la Universidad de Buenos Aires, Iribarne fue una figura central en el armado del peronismo de la Capital Federal durante más de tres décadas. Su perfil negociador, caracterizado por un estilo de diálogo componedor y bajo perfil mediático, lo convirtió en un interlocutor clave tanto con el Poder Judicial como con las distintas facciones que convivieron dentro de las coaliciones de gobierno peronistas desde la recuperación democrática.
A lo largo de su carrera pública se desempeñó también como secretario de Seguridad Interior durante la presidencia de Eduardo Duhalde, diputado nacional y, más recientemente, como embajador argentino ante la República Oriental del Uruguay durante la gestión del Frente de Todos. Su labor diplomática en Montevideo se centró en la recomposición de las relaciones bilaterales y el destrabe de proyectos de infraestructura en el Río de la Plata.
Dirigentes de variadas extracciones ideológicas expresaron su respeto hacia la figura del exministro, resaltando su vocación democrática, su rigor técnico y su permanente apertura al consenso en momentos de alta polarización política. Su partida priva al peronismo de la Ciudad de Buenos Aires de uno de sus armadores políticos más experimentados e influyentes de los últimos 20 años.
El legado institucional de Iribarne reaviva el recuerdo de una etapa de intensas negociaciones en la política argentina. ¿Qué enseñanzas deja el estilo dialoguista de dirigentes como Alberto Iribarne para la política hiperpolarizada del presente?