El peronismo despide a uno de sus hombres de consulta y articulación política más respetados de las últimas cuatro décadas. El fallecimiento de Alberto Iribarne, exministro de Justicia durante la presidencia de Néstor Kirchner y embajador argentino ante el Uruguay en la gestión de Alberto Fernández, marca el final de la trayectoria de un dirigente que cultivó la moderación y el diálogo interpartidario en tiempos de extrema polarización.
La figura de Alberto Iribarne trascendió su rol como titular de la cartera judicial, donde le tocó coordinar reformas clave del andamiaje institucional tras la crisis del 2001. Su valor residía en su perfil como operador peronista de diálogo fluido con todos los sectores del arco político, incluyendo a la oposición, la justicia y los factores de poder corporativos. Fue un componedor silencioso que prefería los acuerdos programáticos por sobre el ruido de la confrontación ideológica o el debate mediático estéril.
En su última etapa como embajador Iribarne en Montevideo, desempeñó una labor crucial para descomprimir las tensiones comerciales en el seno del Mercosur y estrechar lazos con el vecino país en momentos de diferencias ideológicas entre las administraciones presidenciales de ambas orillas. El dolor manifestado de forma unánime por todo el espectro del PJ, desde el kirchnerismo hasta los sectores territoriales, atestigua la relevancia de su figura como puente de unión dentro de un movimiento históricamente caracterizado por sus intensas disputas internas.
El fallecimiento Iribarne ocurre en medio de una profunda reconfiguración de liderazgos en el peronismo nacional, que hoy añora la ausencia de figuras con su vocación para el consenso y la concertación institucional. Su partida deja un vacío difícil de llenar en los espacios de mediación del partido. ¿Logrará el peronismo del futuro recuperar esa vocación de diálogo y acuerdo que caracterizó a dirigentes como Alberto Iribarne o prevalecerá la lógica de la confrontación interna?