La derogación de la ley de tierras argentina a través del mega decreto desregulador del Poder Ejecutivo nacional ha reabierto uno de los debates más profundos y de raíz histórica en la vida pública: el modelo de propiedad del territorio nacional. Para comprender la dimensión de este debate histórico, el prestigioso historiador roy hora analiza cómo en torno a esta norma chocaron, una vez más, dos visiones contrapuestas de cómo construir el desarrollo y la proyección internacional de la República Argentina.
La normativa original ponía un límite estricto del 15% a la propiedad privada tierras en manos de personas o corporaciones extranjeras en todo el territorio argentino. Su eliminación busca desregular el mercado de real estate rural para atraer inversion extranjera argentina directa en sectores estratégicos como la agricultura intensiva y el desarrollo forestal. Los defensores del libre mercado sostienen que las trabas anteriores solo deprimieron el valor del suelo rural y alejaron inversiones de capital internacional de gran escala. En contraposición, sectores sociales e intelectuales advierten que la libre adquisición de tierras compromete la soberanía sobre recursos críticos como los acuíferos dulce y expande las fronteras del modelo agroexportador concentrado en desmedro de los pequeños productores locales.
Este choque ideológico sobre la propiedad de la tierra rural trasciende lo netamente contable o financiero; toca fibras de la soberanía nacional y del control ambiental del territorio. Roy hora remarca que estas tensiones de fondo remiten a las discusiones del siglo XIX, donde la distribución de las tierras públicas definió el poder político de las elites locales y el modelo de inserción de la Argentina en la economía global. Hoy, la desregulación sitúa al país en un escenario de transacciones de capital global libre de barreras estatales tradicionales.
Con un mercado de tierras completamente desregulado y expuesto a los flujos del capital financiero globalizado, el debate sobre los recursos soberanos adquiere una nueva urgencia. ¿Será esta apertura desregulada el motor de desarrollo definitivo de nuestras fronteras o profundizará la extranjerización de los recursos naturales estratégicos?