La interna libertaria en el norte argentino ha entrado en una fase de ebullición que amenaza con fracturar el armado político de la fuerza gobernante. En Tucumán, los diferentes sectores que disputan la representatividad de la marca oficialista se enfrentan en una guerra de denuncias cruzadas, ambiciones personales y posicionamientos de cara a los próximos turnos electorales. Lejos de intervenir para pacificar las aguas o ungir a un líder indiscutido, la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, ha optado por una estrategia de neutralidad táctica, dejando que la confrontación se desarrolle de manera autónoma.
Esta postura de la conducción nacional genera desconcierto y parálisis en el seno de La Libertad Avanza Tucuman. Por un lado, las agrupaciones fundacionales reclaman prioridad por haber sostenido la campaña presidencial en condiciones de extrema debilidad territorial. Por el otro, figuras provenientes de partidos tradicionales del peronismo y el bussismo intentan copar la estructura partidaria, alegando que poseen el aparato necesario para garantizar competitividad en las elecciones Tucuman. La falta de un árbitro nacional permite que los ataques mutuos escalen de tono diariamente en los medios locales.
Desde el punto de vista de la estrategia partidaria de Karina Milei, dejar correr la interna libertaria funciona como un mecanismo de selección natural. En la visión de la estratega oficialista, aquellos dirigentes capaces de sobrevivir al desgaste de la disputa territorial y de consolidar un espacio propio serán los que finalmente reciban el sello de legitimidad de cara al armado de listas. No obstante, esta táctica de no intervención acarrea el peligro de ahuyentar a los votantes independientes que observan con desilusión cómo la fuerza que prometía combatir a la casta reproduce sus peores vicios metodológicos.
La construcción de un partido nacional sólido requiere disciplina y liderazgos claros, algo que el oficialismo aún no logra consolidar en el interior del país. La debilidad estructural de las delegaciones provinciales podría convertirse en un obstáculo insalvable para las reformas que el Gobierno pretende ratificar en las urnas. ¿Es viable construir una alternativa de poder duradera si la conducción nacional prefiere el desgaste interno de sus dirigentes antes que la organización orgánica de sus bases?