El dilema cambiario ha vuelto a ubicarse en el centro del debate entre economistas de diversa extracción. La estrategia oficial de contener la evolución del dólar oficial por debajo de la inflación acumulada ha servido como la principal herramienta para desacelerar la suba de los precios al consumidor. Sin embargo, este mecanismo ha derivado en una apreciación sustancial de la moneda nacional que enciende luces amarillas sobre la competitividad del aparato productivo.
Diversos informes técnicos señalan que el tipo de cambio real multilateral ha alcanzado niveles comparables con períodos históricos de fuerte retraso cambiario. Exportadores industriales y economías regionales manifiestan que sus márgenes de rentabilidad se han reducido drásticamente debido a que sus costos internos en pesos aumentan a un ritmo superior al de la devaluación controlada por el Banco Central.
Desde el seno del Gobierno rechazan la existencia de un atraso estructural y sostienen que la productividad ganada por la quita de regulaciones e impuestos compensará la apreciación del peso. Argumentan además que la desinflación es la única condición indispensable para atraer capitales genuinos que fortalezcan permanentemente la moneda local.
Sin embargo, la historia económica del país aconseja cautela. La persistencia de un tipo de cambio percibido como barato suele derivar en mayores presiones importadoras, estancamiento de las exportaciones no tradicionales y un incentivo perverso hacia la salida de divisas por turismo y giros al exterior.
¿Se encamina el país hacia un salto discreto en la cotización de la divisa o logrará la administración libertaria validar un tipo de cambio apreciar sin perder reservas?