La economía argentina muestra un comportamiento de dos velocidades que concentra la atención de consultoras financieras y del propio equipo económico. Por un lado, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) confirma una marcha descendente que entusiasma al Ejecutivo en su objetivo de perforar los pisos históricos de inflación. Sin embargo, en el frente externo se observa una acelerada demanda de dólares que compromete las reservas del Banco Central.
La desaceleración de la inflación se sustenta en el ancla fiscal, la parálisis de la emisión monetaria y el apretón sobre la liquidez. Esta combinación logró estabilizar el precio de alimentos y bienes de consumo masivo, aunque a costa de un severo impacto en los volúmenes de ventas minoristas y la actividad industrial.
En contraposición, la ventanilla cambiaria del Banco Central experimenta una mayor presión demandante producto de los pagos de importaciones, el turismo en el exterior y el atesoramiento privado. El ritmo de acumulación de divisas se ha vuelto heterogéneo y por momentos negativo, generando preocupación sobre la solvencia del BCRA para hacer frente a los compromisos de deuda en moneda extranjera de los próximos meses.
Economistas independientes sostienen que el esquema actual de apreciación cambiaria estimula el consumo de bienes importados y frena la liquidación de exportaciones no agrícolas, generando una tensión creciente entre la meta antiinflacionaria y la necesidad urgente de fortalecer las reservas netas.
El Gobierno confía en que la estabilidad de precios terminará por consolidar la confianza y reactivar la economía, pero la restricción externa sigue vigente como el principal cuello de botella. ¿Podrá el Banco Central sostener la baja de la inflación sin aplicar un salto discreto en el tipo de cambio que recomponga sus reservas?