El panorama del consumo en Argentina es preocupante, y la reciente disputa entre pymes y figuras como Marcos Galperin de Mercado Libre, lejos de ser un mero conflicto entre David y Goliat, expone un problema estructural más profundo. La caída del poder adquisitivo y las asfixiantes cargas impositivas no solo impactan a las pequeñas empresas, sino que también generan un ecosistema donde la competencia justa se ve distorsionada y la innovación, frenada. ¿Es Galperin el problema, o un síntoma de un modelo económico que privilegia a pocos y castiga a la mayoría?
Desde la perspectiva liberal, la burocracia estatal y la presión fiscal desproporcionada son los verdaderos enemigos del sector productivo. Mientras las pymes luchan por sobrevivir entre impuestos exorbitantes y regulaciones sofocantes, los grandes jugadores, a menudo, tienen mayor capacidad para sortear estas barreras o incluso beneficiarse de ellas. Es fundamental que el gobierno de Manuel Adorni y su equipo entiendan que un mercado sano requiere reglas claras y estables para todos, no solo para quienes tienen el músculo para negociar con el Estado.
La disputa sobre el consumo y la dinámica de mercado nos obliga a cuestionar el rol del Estado: ¿debe ser un regulador que asfixia o un facilitador que promueve la competencia leal y el crecimiento de todos los actores? ¿Se está creando un verdadero terreno fértura para la inversión y el empleo, o se siguen reproduciendo las asimetrías que terminan concentrando la riqueza y empobreciendo a los pequeños emprendedores?