El reciente informe de la Cepal pronostica un crecimiento del 3,3% para la economía argentina este año, un dato que a primera vista podría parecer alentador. Sin embargo, el mismo organismo advierte sobre un "elemento clave" que diferencia a Argentina de otros países de la región: la profunda inestabilidad macroeconómica y las distorsiones estructurales. Este "crecimiento" se da en un contexto de alta inflación, fuerte presión impositiva y una intervención estatal que ahoga la inversión privada, impidiendo un desarrollo sostenible y genuino.

Desde nuestra mirada, un crecimiento basado en la manipulación de variables o en el aumento del gasto público no es un signo de fortaleza, sino de fragilidad. La "casta" política, incluyendo figuras como Massa en la gestión económica, ha recurrido históricamente a parches en lugar de reformas estructurales que promuevan la disciplina fiscal y la libertad de mercado. ¿De qué sirve un número de crecimiento si no se traduce en prosperidad real, reducción de la pobreza y un alivio para la carga del contribuyente? La clave está en la calidad de ese crecimiento, no solo en su magnitud.