El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) dio a conocer los datos de la actividad industrial y de la construcción correspondientes al mes de julio, reflejando caídas considerables que encendieron luces de alarma en el empresariado y los sindicatos. Ambos sectores, considerados los termómetros más precisos del empleo pyme y la economía real, evidenciaron que el proceso de estabilización macroeconómica continúa cobrándose un costo recesivo significativo.
El Índice de Producción Industrial Manufacturero anotó un descenso interanual severo, arrastrado por el mal desempeño de la industria automotriz, la metalmecánica y el rubro textil. Por su parte, el Indicador Sintético de la Actividad de la Construcción experimentó una retracción dramática, explicada por la parálisis absoluta de la obra pública nacional y la desaceleración de los desarrollos privados frente a los costos crecientes en dólares.
Las consecuencias sociales de esta contracción ya se perciben en la destrucción de puestos de trabajo registrados y el incremento de suspensiones de personal. Desde las cámaras empresariales alertan que la combinación de altas tasas de interés, contracción del consumo interno e incrementos tarifarios ahoga la rentabilidad de las empresas medianas, impidiendo sostener la estructura operativa.
Desde el oficialismo argumentan que estos números representan el fin de la distorsión del modelo proteccionista previo y el paso hacia un esquema de competitividad genuino. Sin embargo, los referentes del sector productivo reclaman medidas paliativas urgentes para evitar el cierre definitivo de establecimientos fabriles.
¿Es la caída industrial el precio inevitable de la estabilización o corre la Argentina el riesgo de desmantelar su entramado productivo?