El mercado automotriz argentino ha sido testigo de un fenómeno preocupante: el arrasamiento de autos importados, que desplazan de forma contundente a la producción nacional. Mientras las cifras de iProfesional muestran un incremento notable en la entrada de vehículos extranjeros, la industria local lucha por mantener su participación y capacidad de empleo. Esto plantea un dilema fundamental sobre la política económica actual.
Por un lado, los defensores de la apertura argumentan que es una consecuencia natural de la competencia y la libertad de mercado, beneficiando al consumidor con más opciones. Por otro, los críticos señalan que esta tendencia amenaza la soberanía industrial, el empleo y la balanza comercial. ¿Es sostenible un modelo que privilegia la importación sin proteger y fomentar la producción local, o estamos sentenciando el futuro de un sector clave? El debate es urgente.