En medio de la euforia mundialista, la cruda denuncia de una periodista argentina que sufrió un intento de abuso en Qatar encendió las alarmas y puso de manifiesto una vez más la vulnerabilidad de las mujeres, incluso en contextos de alta visibilidad. El video del agresor, difundido por la víctima, es un recordatorio de que la violencia de género no conoce fronteras ni se detiene ante la magnitud de un evento deportivo.

Este lamentable episodio abre el interrogante sobre la seguridad real para las mujeres que viajan a cubrir o asistir a estos megaeventos. ¿Son las autoridades locales y organizadores lo suficientemente estrictos y eficientes en la prevención y sanción de estos crímenes? La sombra de la impunidad sigue siendo una preocupación global.

¿Hasta cuándo tendremos que lamentar que la pasión deportiva sea utilizada como coartada para la agresión y el acoso? ¿Estamos realmente protegiendo a quienes forman parte del espectáculo, o los dejamos a su suerte?